NOTICIA 1: Experiencias de la Vida Real  
     

JUNIO 2008

Sony conquista el Polo Sur
 
  Polo Sur Geográfico - A menos 45 grados centígrados (aquí se llega a poner a menos 89 durante el invierno) la piel expuesta duele, la lengua entorpece, los labios se tornan morados y la condensación de la respiración cubre el interior de las gafas con una costra de hielo. Como consecuencia uno tiene que escoger entre: dejar de respirar, ver la belleza siniestra del paisaje como si tuviera cataratas, o quitarse las gafas para limpiarlas.

Por Angela Posada-Swafford

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Entonces uno se pone paranoico porque le han dicho que no se puede andar por aquí sin gafas bajo riesgo de quedarse ciego ante el reflejo de la nieve, combinado con el alto índice de radiación ultravioleta cortesía del agujero de ozono aposentado sobre la Antártica. La sola mención del tenebroso hueco lo pone a uno a temblar porque recuerda que la última dosis de protector solar 80 se la echó hace dos horas: una eternidad. No importa si uno se embadurnó hasta parecer una torta, lo cierto es que la crema ha desaparecido y la piel se siente como un pergamino.

Volteo a mirar a mi alrededor. Parado en la llanura blanca que es el polo, donde no hay una montaña, una brizna de pasto, un pingüino (es demasiado lejos del mar), o ni siquiera un microbio (es demasiado frío), Mauricio Eduardo Quintero, mi socio, director y productor de documentales de las empresas Dominio Digital en Costa Rica y Video Móvil Colombia, sonríe con una sonrisa de Mona Lisa. Los 3,000 metros de altura sobre el nivel del mar (conformados exclusivamente por capas de hielo), y combinados con el frío asesino están haciendo mella en nuestros pulmones. Pero Mauricio sólo está preocupado por lo que lleva en el pecho, anidado entre las mullidas capas de plumas de ganso canadiense de su parka: es su nueva cámara Sony HVR-Z1N. La ha traído hasta acá con toda la solicitud y el nerviosismo de una madre primeriza. Desde los calores tropicales de San José, pasando por los aeropuertos maniáticos de Miami y Los Ángeles, los cambios de hora, de clima y de personalidad que suceden en Nueva Zelanda, de allí, otras seis horas hasta el borde del continente antártico, y luego unas tres más, hasta dar finalmente en el polo en un avión militar con esquíes. Hasta aquí, la cámara ha logrado viajar 15,000 kilómetros en una sola pieza.

 

 
 

Pero ahora llega el momento de la verdad. Porque estamos en un ambiente donde los cables elásticos se revientan, el caucho se pulveriza, la cinta aislante no pega, el corazón de la maquinaria deja de latir, y las herramientas de acero se parten como galletas, enviando metralla en todas direcciones. Aquí, en el sitio de construcción más frío del mundo (sede de la novísima estación de investigaciones Amundsen Scott) es un calvario hacer penetrar un clavo en un trozo de madera. Y entonces hay que ver si la Sony HVR-Z1N va a funcionar.

 

   
 

“Tienen que estar preparados para lo peor”, nos había dicho un afable productor de National Geographic que viajaba con nosotros en el Hércules rumbo al polo. Sus venerables equipos fílmicos lo habían dejado varado más de una vez, contó, precisamente aquí, en el fin del mundo. “Las pilas se gastan en minutos. La clave es mantenerlo todo tibio dentro de la ropa. Pero aun así, las cámaras se congelan”.

Mauricio me mira con expresión de triunfo: anticipando la situación, él ha mandado hacerle “una pijama” a la Sony HVR-Z1N. Y dentro de ella, mi inteligente socio decidió poner bolsitas de “calor”, de esas que le dan a uno cuando va a esquiar en la nieve. De ninguna manera podríamos regresar a Miami a decirles a los productores de Discovery Channel que los Momentos Discovery habían fracasado por un mecanismo congelado. Mr. National Geographic nos mira cariñosamente: sí, él también ha pasado por el truco de la bolsita de calor. Y no, no siempre le ha funcionado.

Pues el final del cuento es que la cámara funcionó admirablemente. Funcionó mientras bajábamos por la rampa del Hércules (que no apaga motores porque el frío no permitiría volverlos a encender, y entonces sólo permanece el tiempo suficiente para desembarcar y embarcar pasajeros y carga). Funcionó mientras entrevistábamos a los científicos del telescopio de neutrinos Icecube, una especie de telescopio que estará enterrado bajo kilómetros de hielo. Funcionó mientras recorríamos las afueras de la Estación Amundsen Scott, que más parece una base lunar del año 2500. Y funcionó mientras yo hacía una infinidad de monerías frente al marcador geográfico de los 90 Grados Latitud Sur.

A la Sony HVR-Z1N no se pasó absolutamente nada. No se trabó, no se condensó, no se congeló. El trípode, en cambio quedó con las patas paraplégicas hasta que lo resguardamos de la intemperie. Y al desdichado de Mauricio, que osó quitarse uno de los 3 pares de guantes para afinar algún botón y dejar inmortalizado el momento ante el marcador geográfico (irónicamente no de la videocámara sino de la cámara de fotos), casi le cuesta el dedo. Porque sucede que quitarse los guantes a 90 Grados de Latitud Sur y menos 45 grados centígrados, es más o menos lo mismo que meter los dedos entre los dientes de un tiburón blanco: es sólo cuestión de tiempo antes de perderlos. A los tres minutos Mauricio notó que el apéndice le dolía de mala manera. A los cinco minutos la situación -y el dedo- se estaban poniendo feos. Más tarde, ante un chocolate caliente en la comodidad de la moderna estación de investigaciones, Mauricio comprobó que había sufrido un caso leve de lo que ha aquejado a los exploradores polares desde hace dos siglos: frostbite, un congelamiento de la piel que dejó su huella durante varios días.
En cambio, la HVR-Z1N, enfundada dentro de su pijama a rombos estilo Chanel, reposaba tan campante sobre la mesa. Como si no se hubiera enfrentado a las condiciones climatológicas del punto más hostil del planeta. Nos alegramos de que esta camara fuera nuesta companera de aventuras!

 

 
 

 

Angela Posada-Swafford escribe y produce
temas de ciencia y exploración..

     
 

 

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